Ancestros

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ancestros

 

Nicola Mecca viajó a los Estados Unidos

desde Basilicata, Nápoles.

se estableció en Filadelfia, con la ayuda de su patrón

en una casa, que una vez fue refugio

de inmigrantes judíos.

 

Su esposa María Antonia y sus hijos

viajaron más tarde,

amontonados en el fondo de un barco

a través del agitado Atlántico.

Nicola lustró zapatos toda su vida,

a empresarios que apenas lo notaban,

sus caras enterradas en los periódicos

mientras él, frotaba el cuero hasta sacar brillo.

Hasta que al final,

una hipoteca se comió su casa de la calle Bainbridge Nº 10.

Tocaba la guitarra.

Murió de asma,

la enfermedad de la gente pobre.

 

Cuando Millie, la hija mayor de Nicola,

vió por primera vez la Estatua de la Libertad,

se arrodilló y lloró.

La favorita de mamá y mi madrina,

vivió muchos años con nosotros.

Me enseñó a rezar antes de dormir,

de rodillas, junto a la cama que compartíamos.

Compraba mis historietas al vendedor ambulante.

Se enojaba mucho cuando, en alguna boda familiar,

alguien quería presentarle un muchacho.

“¡No necesito ningún maldito hombre!”

Con el tiempo, la diabetes le cortó sus dos piernas.

Había pasado cincuenta años en una línea de montaje

de General Electric.

Murió sin un centavo en el cuarto de huéspedes de un pariente. 

 

Rosa María, su hermana menor,

mi madre,

con sus rizos negros,

sus profundos ojos morenos de aspecto semita,

detrás del mostrador de la confitería Woolworth’s,

donde trabajaba,

era cortejada por todos los muchachos del barrio.

Sus cabellos brillosos por el gel,

vestida con ropa de domingo,

pudo haber tenido a cualquier hombre,

pero se casó con uno que la hizo reír.

Fue ama de casa toda su vida,

perdió dos hijos,

crió a cuatro.

Logró llegar a fin de mes en los tiempos más difíciles,

que generalmente eran todos,

y se consideraba afortunada de estar en América,

donde se podía sentar afuera, por las noches, en su silla de playa

a chismear con sus amigas.

 

Su marido Antonio, para la mayoría de la gente, Tony,

despachó combustible y reparó automóviles toda su vida.

Siempre tenía grasa debajo de las uñas,

y su ropa olía a gasolina.

Tenía un carácter que de inmediato se prendía fuego,

y una adoración por los clientes que volvían;

si a él le caían bien, era capaz de darles hasta su último dólar.

Lamentando miseria toda su vida,

en su reino de gasolina, en el corazón del sur de Filadelfia,

con ochenta años, despachaba combustible y chismeaba con otros viejos,

que se sentaban en la estación de servicio.

Un día frío de diciembre

volvió a casa,

un ataque fulminante

y al instante fue muerte cerebral.

 

Rosa María, silenciosamente sentada en la cama del hospital,

exigió que le quitaran todo apoyo mecánico.

Sabía que aquel hombre,

cuyo nombre significaba “colina de las aves”,

estaba esperando a sus ancestros.

Ella lo siguió nueve meses más tarde,

cáncer de colon.

Reducida a veinticinco kilos,

rechazó la extremaunción de un sobrino sacerdote,

invocando el nombre de sus ancestros,

que vinieron por ella,

como un día

vendrán por mí.

 

Guardo las fotos de mi familia

en un portarretratos que compré en un remate,

tengo un altar a la Virgen negra,

como salsa de tomate enlatada,

spaghetti de amaranto,

y ya no creo en Dios.

Pero no me olvido del lugar donde crecí y de aquellas costumbres,

aunque esas viejas costumbres 

estén abandonadas o rechazadas.

Yo no me olvido, que la sangre que corre por mis venas,

es la de María Antonia y Rosa María.

Sangre bombeada por los corazones que vinieron antes.

Sangre de quienes se resistieron al conquistador,

sometidos una y otra vez en el sur de Italia.

Sangre de Sacco y Vanzetti.

Sangre latina,

fuerte, como el espíritu,

apasionada, como los ojos, la lengua y las manos,

terca, como los corazones y las voluntades

de los que yo llamo

ancestros.

traducido por mi prima Mirta Marquez Mecca en Argentinapublicado en Philadelphia Poets, Vol II, Number 1, April 2005